Luminosidades

Duermevela

por Pablo Ayala

     La canoa amarrada en el viejo muelle descansa esperando navegar por el inmenso río. El agua golpea contra el caparazón de madera con un sonido seco y constante. Los pocos pájaros que van quedando en la isla amanecen junto con Manuel que pasó otra noche sin poder dormir. Un clima humeante y denso reina en la casilla, y en todo su alrededor.

     En tanto prepara el mate, llegan Ramírez y La Corta, sus dos perros, fieles compañeros que le festejan que se haya levantado. Anoche el fuego pasó cerca. Durante toda la madrugada sostuvo los ojos fijos contra el techo oyendo el crepitar furioso que se acercaba. El miedo lo mantuvo alerta, esperando enfrentar a una feroz tormenta incendiaria.

     El sol atraviesa los sauces y dibuja siluetas sobre el barro; mientras afila el cuchillo para filetear su anzuelo, recuerda despertar con el amanecer y escuchar silbar a un carpincho muy cerca, ver pasar nutrias, yacarés… “Todo se ha perdido”, se lamenta respirando hondo y profundo, con un sonido que se asemeja a un fuelle viejo, producto del tabaco que ahora mastica, mirando el brillante Paraná.

     Por el río va contra la corriente recogiendo al ruedo el espinel, con sus manos ajadas y curtidas por el agua y el sol. Desde la barcaza, su rostro y su mirada ancestral observan atentas las cortinas de humo que ahora caen sobre la isla. La sabiduría que le dio el paso del tiempo le ha enseñado que a la naturaleza se la respeta, y que el hombre es el lobo del hombre. Ese fuego no es natural. Y eso él lo sabe.

     Con sus tantos años ha sorteado inundaciones angustiantes, ver el agua llevarse puesto los ranchos, vacas flotando siendo carne de pato para los caranchos y las palometas. Pero el fuego, ese ser viviente que todo lo destruye, nunca lo había sentido tan cercano y amenazante.

     El cielo estallado de anaranjado, reflejando en el río un color sepia, es la señal para Manuel de levantar el espinel y recolectar el pan del agua. Con la vista contaminada y los pulmones ardiendo amarra la canoa. Ramírez y La Corta lo esperan con la esperanza de recibir comida. “Algo siempre ligan”, sonríe Manuel.

     Todo huele a humo: la isla, su rancho, los perros, su cuerpo, los pensamientos… Detrás de la arboleda comienzan a danzar las llamas. Crecen y avanzan con un movimiento sinfín. Manuel está parado debajo del marco de la puerta de su casilla. Mastica tabaco. El fuego se ve espejado en sus ojos morados. Toma el aire con dificultad y espera. Quizás, ésta sea otra noche más en duermevela.

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